El calor asfixiante nos avisa de que estamos pisando suelo
africano. Nadie tiene prisa porque la vida pase rápido, tres horas en el
control de pasaportes nos hizo comprender la inversión que hacen en el tiempo.
Ghana no se caracteriza por las prisas y el agobio, sino por todo lo contrario.
Aquí cada cosa lleva su tiempo. Nadie se extrañaba que nuestras maletas
estuvieran esperándonos durante tanto tiempo, como aquí dicen “I´m coming”
(Estoy yendo).
Desde un avión, con algún que otro lujo, en el que te puedes
sentir muy segura hasta motos con remolques, conocidos como “carricoches”, con
los que puedes volcar en la mínima curva. Desde autobuses con asientos tan
cómodos como el sofá de tu propia casa hasta furgonetas con la misma función
que un autobús, lo que aquí llaman “trotros”. Desde taxis que funcionan con su
propio motor hasta otros que necesitan de nuestras manos para empujarlos y
ayudarles a arrancar. A pesar de las peculiaridades que hacen único a cada uno
de estos medios de transporte, todos tienen en común la rapidez con la que los
“expertos” conductores de este país cogen cada curva de tierra y cantos,
haciéndote sentir en cada momento la adrenalina que corre por tu cuerpo. El
sentido principal que tienes que tener activo en estas carreteras es el oído,
no intentes ver ninguna luz intermitente, los pitidos te avisan de que alguien
te quiere adelantar y es la misma forma para pedir permiso si el que quieres
adelantar eres tú. Soñar aquí no está permitido. Todos estos transportes son
los que nos enseñan la cara y la cruz del país que nos permitirá vivir esta experiencia.
Durante todo este recorrido, nos ha acogido a las tres una
cama por habitación, ¿quién nos iba a decir que dormir atravesadas (a la ancha)
en una cama no era una buena forma para descansar? Baños sin agua corriente y
otros en los que tres gotas de agua a temperatura ambiente hacían despejarnos
para continuar el camino. Todos tenían en común el calor abrasador que el
ventilador no podía aliviar.
La oscuridad de la noche y el cansancio no nos dejó ver lo
que va a ser nuestro hogar en los próximos dos meses. El canto del gallo nos
avisa de que ya podemos descubrir cada rincón de nuestra casa, nos da la
bienvenida una pequeña tienda, la casa familiar y la cocina a mano izquierda;
pequeñas cabañas de adobe recogen a turistas variopintos a la derecha; unos
pasos hacia delante, por un caminito rodeado de plantas, se abre paso nuestra
habitación, un espacio con tres camas y una estantería, todo lo demás lo
ponemos nosotras! A 50 metros encontramos nuestro lugar preferido, el que
nos aporta la máxima alegría. Allí
encontramos cada día las sonrisas más sinceras, los abrazos más deseados, las
miradas más tiernas, nos esperan nuestros pequeños, siempre dispuestos a dar lo
mejor de sí mismos y a sacar lo mejor de nosotras.
El cole lo forman dos edificios divididos en tres clases cada
uno, una de las paredes hace a su vez la función de pizarra y el único
mobiliario que podemos encontrar son algunos pupitres y no en todas las aulas.
Nuestro edificio es el del fondo, nuestra clase “P1” (primero de primaria), 55
alumnos forman parte de esta y cualquier idea que podíamos tener de una clase
habitual se esfumó el primer día de clase. Niños saltando por los pupitres,
entrando y saliendo por las ventanas sin ningún pudor y quedándose dormidos en
cuanto encuentran la postura perfecta, aquí parece ser que no hay normas.
Pronto nos damos cuenta de que el material es escaso, apenas hay lápices para
todos, las gomas y sacapuntas están ausentes. Cuando necesitan sacar punta se
valen de sus propios dientes, de alguna cuchilla o rozándoles contra la pared,
para borrar utilizan la saliva. A pesar de esto no tienen el mínimo cuidado con
el material, lo primero que pensamos es que necesitan aprender a valorarlo.
El desgaste en el cole es muy grande, lo que nos ayuda a
superarlo es el desayuno, la mejor comida del día. Té o café a elegir, pequeños
bocadillos de tortilla francesa, mantequilla o crema de cacahuete y si es buen
día algo de fruta. La comida se hace esperar en horas interminables, arroz,
spaguetis o yam (tubérculo de patata), estas son las tres cosas que forman
parte de nuestro variado menú, si tenemos un poco de suerte comemos un trocito
de pollo o cabra. La cena es menos variada, suele ser yam con huevo o tortilla
francesa, si nos dan a elegir la tortilla es nuestro punto fuerte! Los fines de
semana procuramos amenizarlos con algo de comida española, ya hemos preparado
paninis y huevos rellenos, ¡y este finde toca arroz a la cubana!
No os hemos contado que el mejor momento del día llega a las
17:30, antes de que anochezca, la ducha al aire libre nos libera del calor agobiante
que caracteriza cada día y nos empapa de relajación y tranquilidad.